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Lo primero que hay que entender es que una casa no se compra con el corazón, se compra con la cabeza. La orientación es lo único que no se puede cambiar: la cocina la cambias, el baño lo cambias, los suelos los cambias, pero si el salón da al norte, ese salón va a estar frío los próximos cuarenta años y no hay calefacción que lo arregle. Lo segundo es el vecindario, y eso se mira un martes por la noche, no un domingo por la mañana enseñándotelo el de la inmobiliaria. Yo fui tres veces antes de decidirme. Y a la cuarta ya lo había vendido otro.